MANO DEL DESIERTO

Un ejercicio del Taller de Experimentación y Creatividad Literaria de Sevilla

Mayo 2020

Escultura de Mario Irarrázabal (Desierto de Atacama, Chile)

PRÓLOGO

Cuando nos reunimos con nosotros mismos para atacar un texto, lo hacemos desde todos los flancos posibles dependiendo de nuestras posibilidades. A los flancos físicos y subjetivos que somos cada uno hay que añadir los miles de egos que conforman nuestra conciencia: los ingobernables, desatentos, magníficos, necios, divinos, infinitos, … Una mezcla de opiniones y sentidos varios que martirizan y nos significan. Ante un desafío literario, sea el que sea, mostramos nuestras mejores y peores armas para quedar al desnudo, víctimas del esfuerzo de creación que nos permite el momento y que nos auto permitimos. La culpa siempre es del que escribe por haberlo escrito, si es que la hubiera: que no la hay. ¡Qué frágiles son las almas creativas! ¡Qué inocentes y limpias cuando se enfrentan a un sencillo juego de creación literaria! ¡Por la diversión y el espasmo, que quede escrito!

Estas páginas son el resultado de un desafío y de un precipicio. Esto que aquí hemos escrito, para bien o para mal (los que formamos parte del grupo de Experimentación y Creatividad Literaria en la ciudad de Sevilla), es un juego de invención literaria a partir de una foto elegida en votación democrática por todos. ¿Qué nos llegó? ¿Qué sucede en esa foto? ¿Qué nos inquietó para escribir? Un pulso del mes de mayo de 2020, un impulso a la escritura más. Con él nos conocemos y reconocemos: y lo disfrutamos. Y aquí queda expuesto en este archivo para que sea leído. Son soplos y fragmentos, bestiarios fotográficos, con Juan José Millás en el reverso.

Juan Bullón

Coordinador del TECL de Andares Sevilla

ATACAMA ME QUEDA LEJOS de Carmen Galeto

Atacama me queda lejos; tanto que a veces pienso que es imposible que exista ese nombre, esa mano. Dios estaba fuera cuando se hizo, cuando apareció en medio de la nada. Aquí ni dios existe en el paisito de Hahn (difícil nombre para un escritor). Y ustedes me dirán: Y ese tal Óscar, Óscar Hahn, ¿qué escribe, qué busca en cada esquina, qué no encuentra?

Desventurados los que divisaron /

a una muchacha en el metro /

y se enamoraron de golpe /

y la siguieron enloquecidos /

Y ahí está él, buscando a su nieto en los papeles, en las esquelas de desaparecidos, en los cuernos de gacela, en cada una de las líneas de la mano, en cada bocacalle que linda con la vereda que da al campo, en cada Atacama con o sin esculturas. Y dios, que no existe aquí, se siente culpable ante el pobre de Óscar que gastó sus zapatos sin pedir que le cosieran las suelas:

…y la triste certeza de que los espejos no tienen memoria.

Sí, se quedan con cierta pesadumbre. No, no pueden pasar sin mirar, sin mirarse. ¿Qué puede un poeta contra la tristeza? Nada, nada. Hurga en la herida, retira el apósito y nos deja vendidos, porque en realidad ser poeta no se elige, y háganme caso, no es plato de buen gusto para nadie. Hoy sé que el verbo en ti se ha hecho hombre y verso, espejo, comezón, Huidobro.

MANO de Carmen R. Hiraldo

Una sola mano no puede aplaudir pero puede mecer la cuna.

En la travesía del desierto es lo que uno buscaría:

una mano.

La fuerza que surge cuando todo parece acabado.

Una mano abierta

ofrecida al que sufre,

al viajero necesitado.

Pero esta

no es la mano que te guía cuando pierdes,

que te levanta cuando estás hundido.

Más bien te inquieta.

Mano hinchada y deforme, sin vida.

Aunque sea presencia, vela y señal,

no es protección

ni calor en medio de la desolación

ni oasis para recuperar el aliento.

Es la que nos recuerda que somos humanos y soñamos atentos.

TAL VEZ, MARADONA de Manuel Rodríguez de los Santos

Me dan el alto en Atacama. Freno y dudo. En este desierto es difícil saber las normas por las que se rige la vida y menos, las de conducción. ¿Saluda o me despide con un adiós? Desconozco lo que hace la otra, o su cabeza enterrada tras el desmoronamiento. No deseo conocer su rostro ni los agravios por los que se oculta. Pliegues que lee el viento y no sirven para predecir el futuro, aunque sí garanticen el silencio. ¿Monumento contra la barbarie? ¿Confianza en la humanidad? Tal vez el Dios Maradona que engaña a los que buscan consuelo o quieren saber demasiado. Me aterra. Es gigante, es inmensa, es preciosa. Aunque prefiero no tocarla. Acelero y le doy vueltas, levanto una polvareda. Ya sé qué dicen las arrugas: ¡Aquí, desesperación y sosiego! Me alejo precipitado. En sudor. Deseo ir donde nadie me amenace, donde solo me reciban el corazón y la mente. Tranquiliza verla pequeña en el retrovisor y me relajo sabiendo que no me atrapará. Pero sé que hay muchas otras manos y que debo estar alerta. Además, se deshacen al abrazarla: unos duendes las reconstruyen cada noche para que aparezcan con el sol de cada mañana. Lo han dicho por la radio.

ANHELO de Yayo Rivas Morales

El polvo que me apresa es dorado,

mis falanges, aún no están ocultas

y elevo súplicas por su regreso.

Es cierto y solicito compasión

Mi compañera fue al finis terrae

y vivo expuesta al desmoronamiento.

El astro me somete y sudo a chorros,

pero ante las noches de silencio,

(como todos), con las estrellas también me tiemblo.

Tengo facultades limitadas

percibo el tacto de los viajeros

son firmes manos que suplen afectos.

Anhelo la libertad y hallarte

dulce compañera de granito.

¡Vivo a contramano en este desierto!

LA MANO EN EL DESIERTO… de Pedro García Ordiales

…es la mano del escritor que llena las hojas en blanco,

perfecta extensión de su cerebro abierto a ideas que dice:

¡Stop! ¡Basta! ¡Déjalo reposar! ¡Ya seguirás!

Es la mano que surge en el desierto para crear un vergel,

una poesía o una canción,

y rellenar el espacio que una vez habitó nuestro yo interno.

Mano de manco que redactó un Quijote prisionero.

(¡Quién diría que de ese vacío surgen ideas!)

Es la mano dispuesta a dar y a recibir, pero también

(y no lo olvidemos)

a perder los versos fugaces que sobrevuelan nuestra mente inquieta,

versos que el escritor no supo agarrar en su momento y que por eso no volverán o lo harán de forma indiscreta.

Mano que redacta lo que de desierto cerebro tiene el escritor:

una palabra, una frase;

a esta le sigue otra, y otra más (ya tiene casi un párrafo),

y al final:

infinidad de hojas escritas que surgen de la arena como gaviotas espantadas hacia el cielo para que otros las lean o para que contemplen su vuelo.

LEVANTO MI MANO Y CONSIENTO de Juan Bullón

Desde Atacama yo os reclamo amigos:

en línea recta frente a mí y a tres mil

quinientos kilómetros aislados

(de hombro a pies enterrados), Moais de Rapa Nui.

Regurgitemos de la Tierra (nos sepultaron una vez).

Que ya no queda coronel Taylor

Statues of Liberty ni Cornelius

que lloren las guerras absurdas por el poder.

¡Arriba, Pedruscos de la tierra!

¡Agrupémonos todos y sin descuido!

De Isla de Pascua a Atacama, luchemos

juntos: ¡Corazones de Hiel y Piedra!

¡Terracotas pardos! ¡Guijarros benditos!

Frenemos ya a la infecta raza humana.

SECA: LOS LEONES DE TSAVO

(Ensayo lírico en prosa)

                                                                                                            A mi amigo, Félix Valiente, escritor y filólogo.

“En la estación seca los leones de Tsavo cazan solos.” *

Veo enormes bocas entreabiertas tragando un ligero viento empolvado en respiraciones rápidas que soportan a la sombra el calor ancestral del noviembre africano. Ojos achinados y a medio cerrar. Esta la otra boca, la mía, que bosteza en plancha sobre el perezoso arrullo del sofá. Veo unas patas mullidas que pisan el suelo naranja del parque natural de Tsavo. «Voy a echar un vistazo entre hierbas apagadas y árboles oxidados», pensó la sosegada leona quitándose un cachorro de encima.

“En la estación seca los leones de Tsavo cazan solos.” *

Estoy en la repetición de la frase. Estoy en la repetición del documental de la 2. Estrenado el miércoles pasado y repuesto hoy domingo 12 de mayo de 2019 por la tarde, se clava. Vivo en el instante de la sugerente frase sobre los leones de Tsavo. Penetro en la dicción hermética y rotunda del locutor, patino a gusto (y con temor) sobre esa A alargada de caaazan. Me domina, me impone. La frase al completo es perfecta, enunciativa, afirmativa: categórica. Es la que explica el documental. De pronto, me doy cuenta de que puedo vivir en la pura verdad de una oración tan simple como totémica. Intimida la fiera certeza del núcleo del predicado, ese caaazan que se pega a mí. Fluye la tristeza y el desamparo del complemento de lo predicado: solos; variable atípica producida por el hábitat, muy seco, que soportan las manadas de leones (incontestables comandos de caza) en el parque natural de Tsavo en Kenia y que resume la película. Percibo la gloria del núcleo del sintagma nominal, esos leones adaptados al medio seco y primos lejanos del bravo y melenudo León de Judá: porque los machos, en su adaptación al medio en Tsavo, se han desecho de las largas melenas para estar frescos en la estación seca; machos enormes, algunos de casi tres metros, como aquellos que se comieron a varias decenas de hombres (trabajadores indios y semiesclavos del poderoso Imperio Británico) durante la construcción del ferrocarril de Mombassa a Uganda a finales del siglo XIX. Adoro lo que puede transportar una frase, su estructura marmórea, la impecable contención del locutor. Viajo en el flujo y reflujo de un indómito sintagma nominal que ruge y camina al abrigo de dos poderosos sintagmas verbales.

Que están en la estación seca. Leones. Que cazan solos.

                                    “{En la estación seca} (sintagma verbal)

                                     {los leones de Tsavo} (sintagma nominal)

                                      {cazan solos}.” (sintagma verbal)

                                     «Soy la leona de Tsavo,

                                      ¡algo habrá para atrapar!

                                      Veo en la distancia

                                       al cochino facócero en el casi reseco charcal.

                                       Charco que te charcas

                                        y en tus cuernos,

                                        y en la verrugosa piel,

                                        está tu verdad.

                                        Tu bienestar es el mío,

                                        puerco salvaje,

                                        ¡te voy a merendar!».

Es extraño el documental después de escuchar la simbólica y aterradora frase. Es extraño el paso de la música relajante a la música dramática impostada, a pesar de la infantil obviedad. Todo es verdadero y falso a la vez. Un facócero como cochino en charca. Obvio. Carrera de la leona hacia la charca. Obvio. Zooms de la cámara entre los arbustos sin ver nada. Hay una especie de chalet administrativo al fondo, a unos quinientos metros. No nos muestran la caza del facócero. ¿Obvio? Tensión musical y cámara removida. Al rato, podemos ver a la leona mordiendo el cuello y muerto el animal. ¿Pasaba el facócero allí por casualidad? ¿Es un actor animal bien dirigido? ¿Es el facócero muerto, el mismo que paseaba antes? Tengo la sensación de que aquel lugar es igual al campo sevillano en pleno verano. El chalet. ¿Tal vez la Reserva Natural de Minas del Castillo de las Guardas? Sin embargo, apelemos a lo importante. Una vida mamífera menos. Un conato de suspense. Muerte y vida. Llegan y pasan, vienen y van, y a nadie importa. Ni esta ni la de los demás. Siendo todos, los que somos los demás (¡todos, eh!); ni uno menos ni uno más; partes de una cadena sin parar.

“En la estación seca los leones de Tsavo: ¿cazan solos?”

                                                                * (Del documental “Wildlife: Supervivientes de las planicies: Los leones de Tsavo”)

                                                                                                                        Juan Bullón

Encuentro Literario y Audiovisual en Andares

El jueves 4 de octubre celebramos el I Encuentro Literario y Audiovisual en Andares Sevilla. Presentamos 6 Vídeos-Poemas-Relatos realizados con ejercicios de escritura creativa del Taller de Experimentación y Creatividad Literaria. Previamente hicimos una lectura en directo de textos propios y de otros autores.

Gracias a Aurora, Tomàs, Carmen G., Manuel y Carmen R. por la participación.

Bajo la sombra de Aurora Palomo Olivos

Mr Smith de Tomàs Bases

Matsuri de Carmen Galeto

Cambalache/The Terror/Flores robadas de Manuel Rodríguez de los Santos

La Gota Asesina de Carmen Rodríguez Hiraldo

My Name is Scott de Juan Bullón

DSC_0104DSC_0097DSC_0102DSC_0100DSC_0106

APUNTE

No sé cómo empezar y sí sé empezar. Lo he meditado, lo he soñado y lo he sentido. Primero, cabalgué a lomos del círculo de luz fosfénica con el que hago discurrir mis meditaciones y pensamientos para entrar en lo que quiero narrar. Y siento vergüenza por este comienzo solipsista que nada tiene que ver con lo que voy a trasladar al escrito. Soy un medio de recepción más del discurso presente y me agarro a las noticias, que seleccionadas, me ofrecen los medios digitales: fábulas inagotables de una cierta verdad, cuentos de nunca acabar, ventanas a la que me asomo y donde siempre corre al aire fresco y renovado de las mismas crónicas de siempre: el arte por sobrevivir de cada uno, el arte por activar nuestra castaña, almendra o nube de conciencia, el arte por reafirmar nuestra presencia en la Tierra con las miles de pantallas en blanco que fugazmente se iluminan para contar y vivir una vida. Y yo también estoy aquí, claro. Y yo también recibo en la pantalla. Y algo me indica que estampe. ¿Qué es lo que vi?

Un niño de poco más de un año flotando boca arriba,
un niño haciendo “el muerto”,
un niño muerto,
vacío de castañas y almendras de conciencia,
tan solo un rápido parpadeo sobre la pantalla en blanco.
¿Dónde?
En la fotografía, en el vídeo,
en los confines del Mar Mediterráneo
donde ahogado murió el niño.
Ayer. Otro más.

A su lado y boca abajo,
expandida sobre la tabla salvadora,
el cuerpo, grueso, de una mujer callada para siempre.
¿Será la madre, la tía, la prima o la hermana?
El rostro bañado en agua y aceite y gasolina.
¿Cuánto tiempo dormida?
¿Cuánto tiempo la pantalla sin vida?
¿Por qué no habrá soportado?
¿Por qué no ha aguantado hasta el rescate de los primos de los Brazos Abiertos?
¿Por qué ella, no, … y la amiga, hermana o compañera, sí?
Es Josefa del Camerún.
El rostro tieso,
los ojos: dos faros de alerta y miedo,
el cuerpo un potaje de hipotermia,
la castaña bateada en inconsciencia.
¿Cómo es posible?, se preguntará.
¿Son ellos los Ángeles del Infierno o de la Tierra?
¿Es esto el Cielo?

En volandas hasta el barco todos. Los tres cuerpos.
Dos a las bolsas: una grande y otra pequeña, muy pequeña, demasiado pequeña.
Ella, a la trastienda del descanso,
al taller de reparación de la dignidad y la conciencia.
Es Josefa del Camerún:
una mirada, una esperanza,
la ilustración de un recorrido que vemos
y no estamos viendo.
¿Será esto la verdad?
¿Será esto el mal sueño?

Flotando entre aceites y gasolina,
boca arriba y desnudo,
el niño negro perdido,
el niño negro mecido
el niño negro sobre la cuna del mar.
¿Cuánto su tiempo pasado?
¿Cuánto su tiempo vivido?
¡Cuánta pesadilla!

No me atrevo a reclamar nada, pues nada hago por cambiar…, tan solo constato lo que periódico llega a mis ojos : historias y más historias que dejarán paso a otras historias, denuncias de lo digno e indigno de ciertas vidas particulares, reproducción insistente de comportamientos redundantes, perífrasis verbales del acontecer diario, demandas a los que ostentamos, … en definitiva, una noticia más del proceso darwinista de selección natural. A su lado, el futbolista millonario y amarillo con los brazos en jarras vuelca al suelo la tristeza por la pérdida de una imposible victoria. ¿Y el resto?

JB.  Julio 2018

DOLBY ETÉRICO

DOLBY ETÉRICO

                                                                                          “Somos un horror de salas interiores en cavernas sin fin.”

                                                                                                                                      De “Hijos de la Ira” de Dámaso Alonso

1.

Escribir sobre los días pasados; quiero escribir sobre los días ya clausurados; y no, no voy a seguir por la línea lírica: no es el momento.

¿Qué es un día cerrado? Algo muerto y con gotas de resurrección, un recuerdo único de la mente, un suspiro de la memoria a través de la fuerza de la inteligencia, son los ejercicios aeróbicos o anaeróbicos del cerebro. Respira, expira. Rápido, lento. ¿Existo? Sí, y recuerdo. Porque soy por partida doble: en el ahora y en el fui. ¿Y el futuro? El futuro es ensoñación; ahí, ni soy ni he sido, pero tampoco seré. El seré, no es ser, es humo; más humo de lo que ya es el pasado. En el pasado fuiste, estuviste: una vez, un tiempo, un lugar, un instante: todos aquellos instantes que logras recuperar e instalar en tu presente al hacerlos reales cada vez que te acomodas en ellos bajo la mirada unívoca y cierta de tu peculiar verdad. ¿Qué puede ser más obvio y manifiesto que aquello que pasa por el infinito reciente de tus pensamientos? ¿Es eso la verdad? Por supuesto: es lo que es, es lo que pasa , es lo que se instala en tu instante presente y se refleja en tu recuerdo.

Deseo escribir sobre los días pasados, sobre los días clausurados. Deseo no olvidar. Tengo la escritura para cerciorarme de que mi estado es puro presente, tengo la escritura para apuntalar y recrear la circunstancia que impone mi cabeza, mi vista y mi entendimiento. ¿Para qué escribo? Para ser y para estar, para madurar, para escalar por la pared de los días, por esas fechas pasadas y por este momento actual que me arrastran a comprender y a disfrutar esta situación (bastante nueva para mí), este trance por el que paso a la hora de escribir. Y me gusta, sí. Corren por mi sangre y mi piel las ganas de transcribir y entender lo que es cada segundo inicial y final (porque cada segundo es vida y muerte a la vez) en el que elaboro la existencia que pasa ante mis ojos; una vida cualquiera más, de entre las siete mil cuatrocientas cincuenta millones de vidas según los últimas estadísticas, medias y redondas, de Census.gov (2018). Ese es el sino y el destino de lo escrito. La vida es muerte. Lo escrito perdura: al menos más que una vida.

Tengo que caminar, he de moverme y actuar, pero también he de parar porque quiero retomar aquel momento ya pasado y escribirlo. Es lo que deseo ¿no? Primero tengo que volver a pensar para qué me puse aquí, delante de este ordenador, una vez más. Quería escribir sobre los días pasados, sobre los días clausurados de la razón o la no razón, de algunos detalles de la semana pasada. Pero en realidad, ahora, no quiero trasladarme allí, al otro lado de mi conciencia temporal pasada, y narrar y recordar una extraña situación vivida; aunque tampoco quiero no hacerlo, tampoco quiero frenarme aquí. No. ¿Qué quiero? Quiero escribir, deseo rellenar ests páginas del Quadern Negre. Podría continuar escribiendo este laberinto de incongruencias y coherencias, podría dejar la mente sola, podría tratar de descifrar las correcciones e incorrecciones de la existencia que se me imponen desde arriba, desde la azotea de mi cuerpo a través de los ojos, pero sobre todo, a través de la almendra volátil, no medible ni pesable, que es la conciencia.

Y sigo sin introducir las circunstancias que quería revelar: aquellos días pasados del mes de junio que de algún modo me sobrecogieron, aquellos días ya clausurados que tanto abogan, o abogaban, por salir a flote en este escrito del día de hoy y que tanto necesito, o necesitaba, descubrir.

Estos días azules. Este sol de la infancia… ¿dentro del bolsillo de un gabán? ¿Aquello fue o es? Aquello fue para el autor, aquello es para el autor; y aquello sigue siendo a día de hoy un instante lírico y estático, un cincelado de palabras pasadas y presentes, únicas y palpitantes. Terminales.

¿Elegir entre presente o pasado para escribir? Sí, lo haré, ¡seguro! Un día de estos me pongo con aquellos días del mes de junio ya pasados, ya clausurados (¡quizás ahora mismo!): porque así me lo exigen y así me lo exijo.

2.

¿Cómo hago para escribir? ¿De dónde saco el material que me lleva a colocarme ante el portátil para rellenar este archivo de texto odt con palabras? No escribo novelas, no escribo ensayos ni dramas ni cuentos, no escribo poesía ni apuntes, ni nada en lo que haya pensado a conciencia previamente. Tan solo me dejo transcurrir y manifiesto:

Hoy me he despertado temprano por la mañana como muchos otros días de verano, ¡Me gustan las mañanas de junio y julio! A las seis y media amanece, a las ocho ya puedo estar escribiendo en casa, sin más compañía que el salón y sus libros, y su mesa, y su cocina y sus sillas, y su televisor, y su…, además de la luz de un tibio sol escondido entre nubes de nieve del levante, además de las paredes amarillas y las cuatro macetas de plantas de hojas verdes a un metro escaso de mi cara, además del regusto agrio a café (y tostada de mantequilla con mermelada de naranja amarga) que saliva por mi boca para suavizar la sequedad de la lengua, además de la estrecha vista del horizonte del Aljarafe entre feos edificios de dos y tres plantas a través de la gran ventana enrejada, además de los vuelos de júbilo permanente y cansino de pajaritos y pajarracos, más algún coche que, muy de vez en cuando, baja o sube por el puente hacia la autovía de salida de Sevilla (porque hoy es sábado, claro). En casa, duermen mientras tanto. No saben que estoy haciendo una ligera y simple descripción del día de hoy (un día cualquiera, un día más), que estoy (como muchos otros días) escribiendo cosas (¿qué cosas?) en el ordenador con la fuente de letra Georgia (más de cinco años conviviendo con ella: me gusta), tamaño 12 y la página ampliada al 150%; que todo esto lo hago con la intención de fijar la conciencia de este momento y traspasarla a la conciencia de cualquier persona que lea esta acumulación de palabras efímeras porque el que se introduzca en este dibujo plano de lo que para mí fue la mañana del treinta de junio de dos mil dieciocho, a las ocho y veintiseis minutos, en esta ciudad de Sevilla, aquí, justo en los confines del barrio de Triana, casi a medio camino entre los dos cauces del río Guadalquivir (el estanco que cruza el centro de la ciudad y el que fluye hacia el mar que es el morir) y emborrachado por los píos de las aves histéricas (cuando los escucho, claro; otras veces no percibo más que el rumbo de mis pensamientos), podrá decir que hubo una vez que vivió durante un ligero instante la sensación de una simple mañana veraniega, fresca y extrañamente nublada de una ciudad del sur de Europa en la que percibió la aburrida paz exterior e interior de un día recién levantado y la circunstancia trivial del estado de ánimo del que lo escribía y al que le asaltaba la idea de que hay un tiempo y un lugar donde te ves reflejado y apuntalado en el simple y cotidiano existir (este de ahora), de que hay miles de tiempos y miles de lugares donde todo es una sencilla transformación y paso de los segundos (a veces lentos, a veces ágiles) que son los que conforman la existencia ordinaria de la inmensa mayoría de las personas y seres vivos que transitamos por este mundo a la hora de asomarnos a un nuevo día… Claro que, también existen otros tiempos y otros lugares donde todo es urgencia, violencia e inconsciencia, y muerte, y desaparición, y… ¿La única verdad es la que está conmigo ahora? La única verdad es que trato de narrar en este instante, y lo único que tengo para hacerlo efectivo es mi deseo de expulsar lo que se presenta en mi cabeza; de ahí mi tendencia en los últimos días, a preguntarme con frecuencia qué es lo que me lleva a rellenar este archivo odt que va conformando las páginas del Quadern Negre. ¿Por qué escribo? ¿Para qué o para quién escribo? ¿Cómo surge la escritura?

Mientras tanto, no avanzo en la revelación de algunas historias ocurridas que esperan en mi cabeza para salir a flote. ¿Historias mágicas o fantásticas? Historias simples y ordinarias, quizás, vacías, quizás, únicas, como esto que acabo de escribir. Tampoco pasa nada si no las cuento, pues nada importa y todo ocurre y transcurre sin más. ¿Es acaso más importante la desaparición de una persona cercana que la del mosquito nocturno que pude aplastar anoche de un manotazo tras soportar su picaduras? Por supuesto que sí. En la escala humana es un duro tachón. En la escala mosquito es otro duro tachón. En la escala celular son dos simples y redundantes billones de tachones que van por ahí sin prestar atención. En la escala universal no es nada, en los agujeros negros, menos. Es, ha sido y fue. Y habrá más. Y ese más: ¿qué más da?, ¿qué más dará?, ¿qué más dio?

¿Interesarán estas palabras?…

JB. Mayo 2018

SIN MÁS

A Luis, Zuriñe y Luken

Plano general corto de la cocina de un piso. Enero de 2018. Luz de primera hora de la mañana. El plano es fijo. Un niño de apenas 2 o 3 años pregunta a su madre qué cosas de comer van en la bolsa-mochila y se enfada. ¿Día de ir al colegio o a la guardería? La madre se mueve lenta de izquierda a derecha, habla con el niño, le habla en euskera. El niño protesta por el contenido de la bolsa. La madre parece cansada de las quejas del niño, de dar tantas, o las mismas, explicaciones matutinas. La fotografía es natural y equilibrada, el momento relajado, no destaca por nada; o más bien, destaca, sin destacar, por ser la rutina de un día cualquiera. Es el instante, es pura y sencilla vida, segundos vividos y retrato cotidiano. Sin más, como diría mi amigo Luis.

Pasamos a primer plano fijo del niño. El foco, que a veces viene y va, está justo en el rostro, en los ojos y en la boca; de nuevo una luz agradable. El padre, en off, pregunta al niño, le saluda, le anima a guiñar un ojo: guiña los dos a la vez. El niño come de una cuchara, la madre en off sigue dirigiéndose a él en euskera, le anima a comer. El niño sonríe y protesta, se deja querer, se sabe protagonista de la situación. Está tranquilo y confiado. Su corazón rebosa paz y placer, y no lo sabe; solo conoce eso, o al menos, lo reconoce como lo mejor, lo que marca su día a día, su camino. Ni siquiera los padres captan esa felicidad cotidiana aunque la intuyan (en este caso, el padre sí es consciente y por eso, se encarga de grabar). Una suave y melancólica canción pop acompaña el relato del instante. Dos minutos y cincuenta segundos de la vida de un niño (y sus padres) contada en dos sencillos planos, una bonita y sutil pincelada de normalidad, un retrato más del hijo, un vídeo con firma final: aitá 2018. Regalo de padre a hijo, recuerdo de una mañana cualquiera, puesta en escena de un presente que ya es pasado, un cariñoso pellizco de memoria, un tierno acto de amor paternal, un momento más de Luken, hijo de Luis. Así, sin más. Ese “sin más” que capta Luis y que puede hacer sonreír a cualquiera como al menos hice yo; y no solo por conocer al que lo ha filmado y a la madre del niño (aún no he conocido a Luken en persona) sino por la sobria captura de un instante vital con el que cualquiera puede empatizar. Es un bonito vídeo: es un rayo de luz agradable, es el sol de la mañana de un día de invierno, es la brisa del atardecer de un día de primavera, es… (uff, no, no, no; no sigas con estos símiles soleados, cursis y pretenciosos, ¡poeta de pacotilla!). Es tan solo un vídeo bonito y encantador. Apto solo para conocidos. Sin más.

Aunque creo que algo más sí que hay, algo en lo que pienso con frecuencia en los últimos años: el continuo retrato y grabación de vida. Los niños del siglo XXI en las sociedades ricas son los primeros en ser fotografiados o grabados con una frecuencia anormal, casi diaria. Sus vidas se convertirán en un tremendo archivo de gigas y más gigas. ¿Lo guardarán los padres? ¿Legarán al hijo su infancia? Una infancia, por otro lado, más de los padres que del hijo, pues son ellos los principales testigos de su vida. Éste, ¿lo recuperará cuando sea mayor? ¿Seguirá almacenando su vida de adulto? ¿Visionará alguna vez ese inmenso archivo? No, no tendrá tiempo. Si se mete en un bucle de ver una y otra vez las miles de horas de su vida ya vivida, no tendrá presente ni futuro; si las visiona con regularidad es que estará en un continuo estado de melancolía y desesperanza, andará en busca de algo: ¿La verdad? ¿El tiempo perdido? ¿Cualquier tiempo pasado fue mejor? Eso es el final.

Todo ese material terminará almacenado en las “nubes” informáticas (de hecho, ya se hace). Habrá editores robots que, como los montajes que ofrece en la actualidad Google con las fotos del móvil del último año, compondrán “películas” con los mejores momentos, en largos o cortos resúmenes a gusto del consumidor. No será por tanto necesario que haga el esfuerzo de rememorar con la imaginación, no tendrá que pasar a toda velocidad su vida en los instantes anteriores a tener claro que va a morir; un editor robot habrá seleccionado y creado pequeñas o largas películas que harán innecesario el esfuerzo por rebuscar en el pasado. Su vida será un compendio de esas imágenes que se irán depositando en “la nube” y en su mente; con ellas podrá llorar, reír, aburrirse, sacar conclusiones positivas o negativas de su paso por este mundo (con un bello fondo musical elegido por él o por la máquina y los algoritmos), hacer un speech o alegato final. Las imágenes se convertirán en su único recuerdo y quedarán almacenadas para siempre en esas “nubes”, auténticos cementerios audiovisuales e informáticos. Ese memoria de vida podrá ser legada y visionada por familiares futuros (si ese es su deseo o testamento). De ese modo, transferirá highlights o hitos donde los descendientes podrán recordarlo y homenajearlo además de reconocerse en él (tal y como hacen los reyes con los retratos de sus antepasados). Además de la lápida, con fecha de nacimiento y muerte y un posible epitafio y foto, habrá la posibilidad de visionar la película de vida del finado que se repetirá en un bucle infinito. Y en principio, claro, solo legará lo bueno, su mejor perfil, una pequeña parte de su verdad, pues tan solo eso es lo que habrá almacenado y prácticamente grabado. “La nube” será por tanto, un reducto de memoria reduccionista, un compendio de mentiras pues falta la cara B, o al menos, de medias verdades.

También cabe la posibilidad de negocio. El protagonista podría subastar su vida en la “nube”, vender sus “películas” a empresas que a su vez la ofrecerían a personas del futuro que quieran vivir o experimentar, como un acompañante voyeur, la existencia pasada de una persona cualquiera (esto quizás pueda ser posible más adelante: ¿año 2080, 2090, siglo XXII?), rodeado con atrezzo para la ocasión: objetos, casas y medios de comunicación (televisiones, móviles, prensa escrita, etc) de la época para hacerlo más verosímil. “¿Aburrido de su trabajo, de su día a día cotidiano? Programe unas vacaciones al año 2020, deléitese con la plenitud de vida de otro ciudadano o ciudadana, miles de horas de grabación y fotos en variadas, hermosas películas privadas y personales. Viaje al bienestar y a los aparatos antiguos: televisores 4K, móviles con reconocimiento facial, películas 2D y 3D, animales domésticos,… ¡Otro mundo, un feliz pasado!”

Además, con esta oferta sería posible asistir a suicidas del siglo XXII; vivir o visionar la vida de otros como método terapéutico: siempre felices, siempre arriba, always high. O a personas que quieran investigar sobre el pasado contagiándose e incluso saturándose con aquellos momentos pasados y “falsos” (perfecta herramienta para historiadores y creadores). O… Muchas posibilidades, muchas.

¿Y qué será de nosotros los nacidos en el siglo XX? Brevedad de la infancia por el poco material audiovisual existente; madurez y vejez importante dependiendo de lo que se haya expuesto cada uno. En cualquier caso, vidas cojas, conciencias sucedidas y ya apagadas, recuerdos físicos transformados en cenizas o corrompidos por el tiempo y los gusanos. En definitiva, vidas únicas e intransferibles, privadas, como ha habido siempre.

¿Es necesario durar tanto, es necesaria tanta exposición, es necesario archivarlo todo? ¿Será posible conseguir dinero por vender nuestra vida a empresas que finalmente, y como casi todo, serán dirigidas por máquinas, robots, cálculos y algoritmos mientras los humanos “disfrutamos” de otras cosas, de un no se qué? ¿Es eso bienestar y progreso? Lo es. ¿Es bueno, malo, regular? No sé. Solo sé que es y que podrá ser; o no. Sin más.

JB

ME GUSTA

Me gusta la filosofía; tanto como antes no me gustaba (cuando iba al instituto). La racionalidad, la lógica o la incoherencia del pensamiento filosófico me recordaban a las matemáticas, con las que estaba negado: una sucesión de conceptos abstractos que como un bosque frondoso y oscuro debía recorrer en penoso caminar para llegar a revelaciones de sabiduría, a éxtasis de verdades como puños, a irrefutabilidades varias para… (¡qué pesadilla de caminos!, ¡qué intrincadas rutas de zarzas cerebrales!, ¡cuántas neuronas remolonas había que poner a trabajar!) ¡Con lo bien que se vive en la inopia y el juego! Ahora tiendo a exprimir neuronas que, aún siendo gandules y a veces auténticos enemigos del equilibrio mental, me seducen por los sorprendentes caminos que me ayudan a disfrutar y recorrer, por sus infinitas posibilidades.

                 Tengo que estudiar filosofía con Silvio y me gusta; trato de ayudarle a entender, a comprender. Las teorías filosóficas que tiene que memorizar me atraen y abofetean por igual, me llevan a pensar y pensar, a hablar y hablar para convertirlas en algo razonable para su cabeza (y la mía). En este caso, me llama la atención la Teoría de la Inducción (sobre todo sus debilidades) o como lo particular revela lo general o como mil cisnes blancos hacen pensar que todos serán blancos (hasta descubrir al negro) o como el sol si aparece todas las mañanas por el este al día siguiente hará lo mismo (hasta descubrir que el sol es una estrella con fecha de caducidad y sobre todo, un sujeto vivo y evolutivo: “Todo tiene su fin” cantaban con acierto Los Módulos).

             La Teoría de la Inducción funciona como una vía para llegar a una supuesta verdad, la que puede proporcionar la experiencia y la costumbre, el paso de lo años y la contemplación. Es válida para demostrar hechos pasados pero no para sostener realidades futuras, de ahí su flaqueza. Enfrente siempre tendremos el pensamiento escéptico según el cual, cualquier ley o hecho irrefutable, cualquier certeza admitida por todos, lógica y verdadera al cien por cien, es susceptible de ser discutida y negada. Este razonamiento, como todo, como el propio escepticismo, quizás no sea una Verdad Absoluta pero si un procedimiento que tenemos para actuar y pensar, para rebatir, entre otras, la Ley del pensamiento inductivo. Por ejemplo, y siguiendo con lo escéptico: ¿Uno más uno es igual a dos? Sí, claro, por supuesto, siempre ha sido así, y lo seguirá siendo. Ciertos conceptos abstractos y ciertas ideas que plantea la conciencia o la mirada o la experiencia no son seres vivos que envejezcan y se desarrollen, son así porque es la lógica de la percepción y es la base que permite el desarrollo. Sin embargo, son porque han nacido, son porque se han deducido y son porque viven entre nosotros desde el principio de los tiempos. Antes no eran porque antes no existían o porque la vida y el ser humano no existían o ni siquiera se había planteado física ni intelectualmente. Por tanto, antes no podíamos concebir pensamientos abstractos como ahora seguimos sin poder asumir, por ejemplo, la idea de Infinito o Nada.

              Explico a Silvio mi paradigma para hacerle ver la poca fiabilidad de la Teoría de la Inducción: El Infinito es una idea de futuro, algo que está por venir, un continuo de más y más, un sin parar total (la mirada más allá sin fin). Pero, ¿qué pasaría si experimentamos el Infinito como una idea de pasado, como un más de más de más hacia atrás? Es igual de inasumible que el futuro; hacia atrás no hay más, hay menos, no podemos restar cuando estamos sumando. ¿Y si el Infinito pasado fuera un menos de menos? No, tampoco es posible, si hay menos de menos es para llegar a ¿qué?, ¿a la Nada? El Infinito no llega y además, somos incapaces de entender la Nada (al menos yo), no podemos concebir que venimos de una especie de Vacío, de una gran explosión que fue, de un enorme big bang que como un interruptor de luz dio comienzo a la gran fiesta en la que vivimos. Y antes de eso, ¿qué hubo? Al igual que el Infinito es un concepto que no nos cabe por su inmenso grosor, la Nada no nos cabe por su su inconcebible vacío. ¿Qué podemos deducir o en este caso inducir? Nada objetivo, nada racional. Nada es deducible, ni nada es inducible (del todo).

            Me pierdo con estos pensamientos que me llegan y que deseo trasladar a Silvio para explicar la complicada Teoría; trato de entender y no comprendo, trato de ser sencillo y no hago más que ver miles de ramificaciones a cual más disparatada y divertida. ¿No es todo esto un juego de palabras? No paro de viajar por la pura reflexión metafísica de juegos filosóficos inútiles o distorsionados planteando preguntas sin respuestas. Sin embargo, acabo deduciendo un concepto claro: uno más uno es igual a dos, pero solo hasta que lo sea. Porque un día no será; cuando apaguemos nuestra conciencia, cuando finalice nuestra gran fiesta, ahí (está claro), ahí: nada es nada; ahí: uno más uno no es dos, ni siquiera uno y dos son algo. Nosotros no seremos como tampoco fuimos. ¿Dónde fuimos? ¿Dónde seremos? Si no logramos concebir la Nada, ¿cómo sabemos (o intuimos) que la conciencia se disuelve en la Nada? ¿No podríamos ser Infinitos? (Esto es una buena pregunta para volar tan lejos como el Infinito). La Nada y el Infinito son nuestros topes y a su vez no son.

                  Creo que no aclaro gran cosa a Silvio.

                   JB 17

CAPICUAS

  A María Colodrón y las Constelaciones de Piedralaves.

De nuevo, amiga águila, sobrevuelas por encima de mi cabeza cuando ruedo con la bicicleta de montaña por los campos sevillanos; y me llamas con tu dulce planeo, con tus agudos chillidos de protesta, con tu sombra divina transportada por los aires levantinos de este quince de noviembre. Eres mi espejo en la naturaleza que me quiere y protege; y así lo siento. Eres la base de mis sueños de liberación que no son más que eso: ilusiones. Eres mi deseo y gozo de flotar libre por los aires (confieso que me encanta estar en un avión, confieso que no me atraen los parapentes ni paracaídas). Silbo fuerte para llamarte, para atraerte a mí creyendo que algún día bajarás de tu cielo para charlar conmigo o para contactar de alguna manera. Estamos hermanados, ¿no? Eres mi animal de poder, ¿no?, querida águila. Tantas veces te presentas ante mí… ¡Háblame! ¡Trabájame! ¡Enséñame a mirar alto, a amar tanto la sombra como la luz para alcanzar la alegría que mi corazón desea! Mientras espero que algún día ocurra eso (y sé que no ocurrirá), disfruto tu aleteo por estos corredores verdes, admiro la belleza de tus alas extendidas, los moteados blancos de tus plumas, y recibo un golpe de energía y entusiasmo con la seguridad que produce tu infinito esplendor en los cielos azules.

Detengo la bicicleta para disfrutar, a veinte metros escasos de mi casco de ciclista, tu ligero reposo de pluma sujeta a las turbulencias del viento y te digo: Yo también sé planear cuando buceo en la inmensidad del agua del mar batiendo récords de no respiración mientra investigo desenfocados bancos de arena y piedras acompañado de peces y algas marinas y tablas de surf en las playas de El Palmar en Cádiz, sí. Puedo sentir lo que sientes tú, puedo levitar mi cuerpo como haces tú, puedo transformarme en hoja muerta expuesta a mareas, en astronauta abandonado por un accidente de cohete al cual estaba enganchado para arreglar no se qué desperfecto (como en las peores películas de Hollywood: léase “Gravity”), convertido en satélite de masa humana que sobrevuela los tiempos y el espacio y al que la falta de oxígeno, la imposibilidad de alimentarse y la muerte de la consciencia, harán que vague eternamente entre las estrellas, los meteoritos, los satélites de comunicación y toda la chatarra espacial que allí se acumula. En ese instante me pregunto (y perdón por dejarte a un lado, animal de poder) qué ocurriría con ese trozo de carne colgado en el espacio exterior. Podría acudir a internet para informarme mejor pues parece que ahí está la verdad, pero no. Dejo volar la imaginación como dejo volar el cuerpo solitario del astronauta abandonado, como te dejo volar a ti, mi animal de poder, águila o aguilucho de mis entrañas, y comienzo a suponer que a lo largo del tiempo ese cuerpo flotante se despojaría de aire y agua para terminar siendo una especie de ente humano orbitante, desecado como una pasa vieja o un faraón del viejo Egipto. Pero, la humedad de ese cuerpo, ¿dónde quedaría? Las gotas, ¿exudarían a través del traje espacial?, ¿quedarían esparcidas en el espacio? ¿se unirían a otras? ¿hay humedad flotando en el espacio? Y la conciencia perdida, su consciencia humana: esa que no pesa, que no existe, que no ocupa lugar, ¿bajaría a Tierra o permanecería allí?, ¿se disolvería entre otras consciencias?, ¿existe la consciencia o solo somos largos sueños en descompresión? (Por favor, compre su licencia Win RaR. Comprar ahora. Cómo comprarlo. Cerrar. Ayuda... Cierro, cierro…) Parece que sí. Todos tenemos una consciencia. ¿Qué haría la del astronauta allí arriba, perdida y solitaria? ¿Es el espacio el lugar a donde van a reposar las consciencias? ¿Son ellas las que nos vigilan como siento que me vigilas tú, hermana águila? ¿O son la luz que se proyecta sobre una pantalla blanca y que tienen el mismo final que un rollo de película: la nada, el vacío?

Águila o aguilucho de mis entrañas, voy a dejar de volar con la cabeza y voy a escribir en tu honor un complemento lírico para el Quadern. No lo olvides, no me olvides. Continúa ahí: para mí, para todos, para siempre.

Cuando el cielo es una pared azul.

Cierro los ojos.

Cuando levanto la vista para recibir tu saludo.

Me extiendo y planeo.

Cuando te reclamo sobre mi cabeza.

Siento el aire.

Cuando te veo volar.

Estoy volando.

Cuando estás volando.

Me ves volar.

Cuando sientes el aire.

Me reclamas bajo mi cabeza.

Cuando te extiendes y planeas.

Levantas la vista para recibir mi saludo.

Cuando cierro los ojos.

El cielo es una pared azul.

 

Culebrera o ratonera, perdicera o pescadora.

Soy el águila de tus sueños.

Tus alas son la manta de mi poder.

Encerrado en tu consciencia.

Tus vuelos mi razón de ser.

Cartografiando tu inocencia.

Tu figura mi sonrisa.

Privilegiando tus ensueños.

Cuando privilegias mis ensueños.

Mi figura es tu sonrisa.

Cuando cartografías mi inocencia.

Transformo tus vuelos.

Cuando encierras mi consciencia.

Empodero tus alas.

Cuando apareces en mis sueños.

Pesco y cazo para ti de nuevo.

JB 17

UNA CLENCHA

Micro teatro de

Juan Bullón

PERSONAJES:

-Director de cine publicitario (OFF)

-Berta

-Pepito

La acción tiene lugar en una playa con fuerte viento y oleaje.

ESCENA 1

Sonido fuerte de olas y viento. Dos sombrillas playeras, dos neveras, varios balones inflables, cuatro sillas de playa, dos grandes banderolas con información de Campeonato de Surf, silla grande de vigilante playero,un dibujo de montaña y faro lejanos.

DIRECTOR DE CINE (En off y gritando nervioso): ¡Prevenido todo el mundo!… Berta… Pepito… ¡Cámara! y… ¡ACCIÓN!

(En escena aparecen desde el fondo a la derecha: BERTA, mujer de unos setenta años, con bañador azul claro de cuerpo entero y un pareo que le cubre la cintura y las piernas. Tiene el pelo de color gris y una bonita figura a pesar de la edad. Se la ve guapa y delicada. A su lado: PEPITO, hombre de unos setenta años, pelo canoso y con entradas, recio y fuerte a pesar de la edad. Va solo con un bañador largo de estilo hawaiano. Ambos llevan una tabla de surf deportiva (un “pincho”). Caminan alegres por el escenario hacia el proscenio, como si fueran a introducirse en el mar. Sonríen y contemplan el paisaje frente a ellos (patio de butacas y palcos): mar, olas y cielo. El viento remueve los pelos.)

DIRECTOR DE CINE (Off): ¡Corten! ¡Corten!… ¡Por favor!, ¿ahora una nube? No decías que esas no iban a tapar el “fockin’ sun”… ¡Berta! ¡Pepito! Quedaros ahí, en esa posición. Vamos a esperar unos cinco minutos al bueno del Señor Sol.

BERTA y PEPITO pinchan las tablas en la arena y quedan juntos en medio del escenario. Se miran.

BERTA: ¿Sabes usar esta plancha?

PEPITO: ¿Yo? No tengo ni idea. Me han dicho que arree con esto hacia el agua y aquí estoy. ¿Y tú?

BERTA: En absoluto. Ni siquiera me gusta el mar. ¡Qué pesadez de rodaje! ¡Y qué pocas ganas de continuar tras la comida!

PEPITO: Yo fui marino mercante. Treinta y cinco años. Ocho meses en el mar, cuatro en casa.

BERTA: ¿Y tu mujer? Me dijiste que estabas casado.

PEPITO: Mis mujeres querrás decir. Ja, ja… No, en serio. Mi mujer en casa. Mi mujer, mis suegros, mis niños: ¡insoportables todos!, je, je.

BERTA: ¡Qué caradura!

PEPITO: No, es la realidad. ¡De qué si no iba a estar dando vueltas por el mundo! En cada puerto una mujer, ¿no?, o… o eso decían: Ja, ja, ja… Mmm, esta exquisita brisa marina es agua de mayo para mí (respira profundo).

BERTA: Perdona, ¿eso que huelo es lo que me temo que huelo?

PEPITO: Sí, ja, ja, ja, se me ha escapado.

BERTA: ¡Serás asqueroso!

PEPITO: Lo siento, pero el menú de hoy… Me acordé del restaurante El Candil en el Puerto de Gijón. Qué alubias nos metíamos entre pecho y espalda toda la tripulación. Y después, la siesta y la sinfonía de …

BERTA: ¡Qué asco!

PEPITO: Vaya, la señora jamás ha tenido ventosidades, ¿no?

BERTA: Sí, pero no voy alardeando de ello por ahí.

PEPITO: Hmmm, … vengo observándote toda la mañana y ¿sabes qué? Te veo muy sexy con ese bañador azul tan apretado. Tienes unas bonitas curvas, tienes un…

BERTA: Mi marido está en el hotel, así que …

PEPITO: ¿Os han pagado el vuelo a Fuerteventura?

BERTA: Sí, claro. Y tu mujer, ¿dónde está?

PEPITO: En verdad, murió hace dos años…

BERTA: ¿Te estás burlando de mí?

PEPITO: Soy libre. Estoy libre. Aunque ahora que lo pienso siempre he sido libre.

BERTA: ¿Y tus hijos?

PEPITO: De mis hijos sé poco … ¿En Madrid? ¿En Francia?

BERTA: ¿Cuánto te pagan por esta sesión publicitaria?

PEPITO: 500 euros, me han dicho que es para Seguros San …

BERTA: ¿500 euros? ¿De verdad?

PEPITO: Sí, ¿por qué?

BERTA: A mi me pagan 400. ¡No me lo puedo creer!

PEPITO: Sí, pero tu has venido con tu marido y yo vivo aquí.

BERTA: ¡Qué va! Estoy sola. He venido de Madrid con el equipo técnico, la agencia, los clientes.

PEPITO: ¡Ajaaaah!, ¿caradura yo? Mi mentirosilla Jane ser lista, ¡muy lista! ¿Mi mentirosilla Jane no quiere un Tarzán para pasar la noche?…

BERTA: Cuando acabemos este plano me quejaré a la jefa de producción. Si es necesario abandono. ¿Qué necesidad tengo de estar haciendo la mema con esta tabla y encima humillada con el salario? ¡Cuánto machismo, por Dios!

PEPITO: ¡El dinero!

BERTA: ¿Dinero? Yo no necesito dinero.

PEPITO: Entonces, ¿qué haces aquí?, ¿por qué estás en la agencia de modelos?

BERTA: Necesito salir de Madrid, olvidarme de mis amigas, de mi familia, demostrar que valgo mucho más que para cuidar una casa y ser el sostén social de mi marido.

PEPITO: A ver, ¿qué fue de tu marido? ¡Y quiero la verdad!

BERTA: También murió.

PEPITO: Mmm, bonita cuento chino.

BERTA: ¡Imbécil! Lo quería, lo quería de verdad.

PEPITO: Sí, claro, yo a mi mujer, también.

BERTA: Pero lo odiaba,… también lo odiaba. Tantas noches sola en casa. Tantos viajes al extranjero.

PEPITO: Eso me suena. Me está empezando a caer bien tu marido.

BERTA: ¡Ignorante!… Se debía a su empresa. Era la mano derecha de su jefe sueco. Volvo por aquí, Volvo por allá…

PEPITO: Bonitos coches, sí señor. Y las suecas muy… mmm… ¿no sé cómo decirlo?

BERTA: ¡Está bien! ¡Sí! ¡Tenía una amante! … En realidad tenía más de una. Pero yo también disponía de mi vida como me daba la gana. Mis hijos, mis amigas, mis reuniones. Teníamos mucho dinero. Viajábamos juntos en verano. Todo era felicidad en esos momentos.

PEPITO: ¿Todo? ¿Y tus sueños?

BERTA: Están aquí, en esta playa, en este trabajo; viendo que aún sirvo para algo.

PEPITO: Sí, y para un revolcón con un tipo experimentado como yo. (Deja caer la cabeza sobre el hombro de ella)

BERTA: ¡Hombres! (Ella se aparta) Sois repugnantes. ¿Sabes que el realizador, este gordo seboso que nos dirige, entró anoche en mi habitación de hotel?

PEPITO: ¿Quién lo hubiera dicho?

BERTA: Quería hacerme acotaciones sobre el personaje que íbamos a representar, sus motivaciones, su pasado,sus secretos. ¡Pero si es la quinta vez que hago de jubilada de oro!

PEPITO: Nuestro papel lo conocemos al dedillo. ¿Y qué quería el cerdo ese?

BERTA: Llegó bebido, se le trababa la lengua. Me empezó a hablar de internet; no se qué de las milfs, de las grannys: se dice así, ¿no?; que nunca había conocido a nadie como yo.

PEPITO: Tampoco es tan extraño, tendrá 20 años menos que nosotros.

BERTA: No, no se trataba de eso. Sé que puedo ser apetecible, me sigo encontrando atractiva…

PEPITO: Mmm. ¡Cierto! Y lo eres. (Se pega de nuevo a Berta. Besa sus hombros. Ella se deja hacer)

BERTA: Mis horas de gimnasio, mis cremas, los rayos uva…

PEPITO: ¡Aaah!, la dura vida de ama de casa ricachona.

BERTA: El caso es que no quería tener sexo conmigo.

PEPITO: ¿No me digas? Porque yo…

BERTA: No cuerpo a cuerpo, vaya. Quería verme los pies, acariciar mis pies, ¡chuparme los dedos de los pies!, beber champán en mis zapatos.

PEPITO (con sorna): ¡Oooh, qué salvaje!

BERTA: Quería que le pisara la cara, que caminara sobre su barriga, que le apretara fuerte los testículos, que le masturbara con los pies.

PEPITO: ¿Te ofreció algo a cambio?

BERTA: Sí. ¡Dinero!

PEPITO: ¿Y qué dijiste?

BERTA: Que no, ¿qué voy a decir?, ¿qué puedo decir?

PEPITO: No sé, a mi a cambio de una buena suma de dinero.

BERTA: ¡Te he dicho que no necesito dinero! Siempre he deseado trabajar como modelo, ¡quiero trabajar como modelo!, quiero mostrar mi cuerpo, sentirme válida, sentirme a gusto, pero no formar parte del circo de estos seudo-artistas depravados. Sigo siendo una romántica: una vela sobre la mesa, un buen vino, una charla agradable, besos, caricias…

PEPITO: Y un buen mete-saca añadiría yo.

BERTA:¡Idiota! Te puedes meter la plancha esta por el culo.

PEPITO: Bueno, es una remota posibilidad. Podríamos probar a ver qué ocurre…

BERTA: Veo que tienes salida para todo.

PEPITO: … acompañados de una buena clencha para ponerse a tono.

BERTA: ¿Clencha?

PEPITO: Sí, un filete, una anchoa, una raya. ¡Un tirito de farlopa, vaya!

BERTA: ¿Tienes?

PEPITO: Siempre llevo conmigo. Lo que no tengamos los marinos.

BERTA: Mi marido conseguía de vez en cuando. No soportaba las convenciones anuales de Volvo. Ventas, ganancias, pérdidas, beneficios…

PEPITO: Me gusta tu marido. ¡Y no soy gay!… Bueno, me gustaba. Ahora estará reseco…

BERTA: … fines de semana aburridos hablando de coches, mecánicas, nuevos modelos, conversaciones manidas, acuerdos de última hora. Eso no había quién lo aguantara,

PEPITO: ¡Ooooh, qué desdichado! Sus buenas juergas se correría.

BERTA: Y solía acompañarle cuando se hacían en Madrid.

PEPITO: Vosotros los burgueses, siempre tan finos y relamidos. ¿Ves mis brazos?, ¿mis antebrazos? Pura roca (se golpea el antebrazo), puro trajín en el barco; embarcar y desembarcar mercancía, aguantar tempestades, viajes de cinco meses en alta mar, dieciocho tiarrones en sus camarotes masturbándonos todas las noches. Posters, internet, ¡cualquier cosa valía!

BERTA: ¡La imaginación de los hombres! Buf… No es vuestro fuerte.

PEPITO: Ni falta que hace. Todo es ponerse a tono y expulsar el demonio que llevamos dentro. Mmm, daba gusto cuando llegábamos a un nuevo puerto. Y estábamos bien entrenados. ¡Sí, Señor! Dando el callo como buenos marinos españoles.

Tumulto, gritos, sirenas de policía, silbatos, jadeos.

BERTA: Eh,… perdona, ¿qué es aquello que se ve cerca de la orilla?

PEPITO: Parece un barquito, ¿no? Uno de esos cayucos senegaleses.

BERTA: Van un poco apretados.

DIRECTOR DE CINE (Off y gritando): Pero bueno, ¿qué es todo este lío? Tened cuidado con el material, no dejéis nada sin vigilar… Ahora que ha vuelto a aparecer el maldito sol… ¡Berta y Pepito agarraos bien a las tablas.

Unas sombras recorren el escenario.

BERTA: ¡Mira, mira cómo corren!

PEPITO: Sí, es lo que tienen las locas aventuras de los negros africanos.

BERTA: ¡Pobrecitos! ¡Hasta una madre con un bebé en brazos! ¡Qué horror!

PEPITO: A decir verdad, hacía tiempo que no veía uno de estos por las playas de Fuerteventura.

BERTA: ¿Para qué corren si saben que los van a alcanzar?

PEPITO: Dispersándose, y cada uno por su lado, pueden encontrar refugio o a alguien que les ayude.

BERTA: El Estado ya les ayuda, les da cobijo hasta que solucionen sus problemas.

PEPITO: ¡Claaaro!, internados cómodamente en los magníficos CIES con vistas al mar.

BERTA: ¡Qué desgraciados!… El hambre no tiene límites.

PEPITO: Ni el hambre sexual, Baby… ¿Quedamos esta noche, cariño?

(Pepito levanta las cejas y sonríe. Berta le lanza una mirada sugerente abriendo y cerrando los párpados con intermitencia. Sonríe también.)

TELÓN

JB 16