SECA: LOS LEONES DE TSAVO (Ensayo lírico en prosa)

                                                                                                            A mi amigo Félix Valiente, escritor y filólogo.

“En la estación seca los leones de Tsavo cazan solos.” *

Veo enormes bocas entreabiertas tragando un ligero viento empolvado en respiraciones rápidas que soportan a la sombra el calor ancestral del noviembre africano. Ojos achinados y a medio cerrar. Esta la otra boca, la mía, que bosteza en plancha sobre el perezoso arrullo del sofá. Veo unas patas mullidas que pisan el suelo naranja del parque natural de Tsavo. «Voy a echar un vistazo entre hierbas apagadas y árboles oxidados», pensó la sosegada leona quitándose un cachorro de encima.

“En la estación seca los leones de Tsavo cazan solos.” *

Estoy en la repetición de la frase. Estoy en la repetición del documental de la 2. Estrenado el miércoles pasado y repuesto hoy domingo 12 de mayo de 2019 por la tarde, se clava. Vivo en el instante de la sugerente frase sobre los leones de Tsavo. Penetro en la dicción hermética y rotunda del locutor, patino a gusto (y con temor) sobre esa A alargada de caaazan. Me domina, me impone. La frase al completo es perfecta, enunciativa, afirmativa: categórica. Es la que explica el documental. De pronto, me doy cuenta de que puedo vivir en la pura verdad de una oración tan simple como totémica. Intimida la fiera certeza del núcleo del predicado, ese caaazan que se pega a mí. Fluye la tristeza y el desamparo del complemento de lo predicado: solos; variable atípica producida por el hábitat, muy seco, que soportan las manadas de leones (incontestables comandos de caza) en el parque natural de Tsavo en Kenia y que resume la película. Percibo la gloria del núcleo del sintagma nominal, esos leones adaptados al medio seco y primos lejanos del bravo y melenudo León de Judá: porque los machos, en su adaptación al medio en Tsavo, se han desecho de las largas melenas para estar frescos en la estación seca; machos enormes, algunos de casi tres metros, como aquellos que se comieron a varias decenas de hombres (trabajadores indios y semiesclavos del poderoso Imperio Británico) durante la construcción del ferrocarril de Mombassa a Uganda a finales del siglo XIX. Adoro lo que puede transportar una frase, su estructura marmórea, la impecable contención del locutor. Viajo en el flujo y reflujo de un indómito sintagma nominal que ruge y camina al abrigo de dos poderosos sintagmas verbales.

Que están en la estación seca. Leones. Que cazan solos.

                                    “{En la estación seca} (sintagma verbal)

                                     {los leones de Tsavo} (sintagma nominal)

                                      {cazan solos}.” (sintagma verbal)

                                     «Soy la leona de Tsavo,

                                      ¡algo habrá para atrapar!

                                      Veo en la distancia

                                       al cochino facócero en el casi reseco charcal.

                                       Charco que te charcas

                                        y en tus cuernos,

                                        y en la verrugosa piel,

                                        está tu verdad.

                                        Tu bienestar es el mío,

                                        puerco salvaje,

                                        ¡te voy a merendar!».

Es extraño el documental después de escuchar la simbólica y aterradora frase. Es extraño el paso de la música relajante a la música dramática impostada, a pesar de la infantil obviedad. Todo es verdadero y falso a la vez. Un facócero como cochino en charca. Obvio. Carrera de la leona hacia la charca. Obvio. Zooms de la cámara entre los arbustos sin ver nada. Hay una especie de chalet administrativo al fondo, a unos quinientos metros. No nos muestran la caza del facócero. ¿Obvio? Tensión musical y cámara removida. Al rato, podemos ver a la leona mordiendo el cuello y muerto el animal. ¿Pasaba el facócero allí por casualidad? ¿Es un actor animal bien dirigido? ¿Es el facócero muerto, el mismo que paseaba antes? Tengo la sensación de que aquel lugar es igual al campo sevillano en pleno verano. El chalet. ¿Tal vez la Reserva Natural de Minas del Castillo de las Guardas? Sin embargo, apelemos a lo importante. Una vida mamífera menos. Un conato de suspense. Muerte y vida. Llegan y pasan, vienen y van, y a nadie importa. Ni esta ni la de los demás. Siendo todos, los que somos los demás (¡todos, eh!); ni uno menos ni uno más; partes de una cadena sin parar.

“En la estación seca los leones de Tsavo: ¿cazan solos?”

                                                                * (Del documental “Wildlife: Supervivientes de las planicies: Los leones de Tsavo”)

Encuentro Literario y Audiovisual en Andares

El jueves 4 de octubre celebramos el I Encuentro Literario y Audiovisual en Andares Sevilla. Presentamos 6 Vídeos-Poemas-Relatos realizados con ejercicios de escritura creativa del Taller de Experimentación y Creatividad Literaria. Previamente hicimos una lectura en directo de textos propios y de otros autores.

Gracias a Aurora, Tomàs, Carmen G., Manuel y Carmen R. por la participación.

Bajo la sombra de Aurora Palomo Olivos

Mr Smith de Tomàs Bases

Matsuri de Carmen Galeto

Cambalache/The Terror/Flores robadas de Manuel Rodríguez de los Santos

La Gota Asesina de Carmen Rodríguez Hiraldo

My Name is Scott de Juan Bullón

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APUNTE

No sé cómo empezar y sí sé empezar. Lo he meditado, lo he soñado y lo he sentido. Primero, cabalgué a lomos del círculo de luz fosfénica con el que hago discurrir mis meditaciones y pensamientos para entrar en lo que quiero narrar. Y siento vergüenza por este comienzo solipsista que nada tiene que ver con lo que voy a trasladar al escrito. Soy un medio de recepción más del discurso presente y me agarro a las noticias, que seleccionadas, me ofrecen los medios digitales: fábulas inagotables de una cierta verdad, cuentos de nunca acabar, ventanas a la que me asomo y donde siempre corre al aire fresco y renovado de las mismas crónicas de siempre: el arte por sobrevivir de cada uno, el arte por activar nuestra castaña, almendra o nube de conciencia, el arte por reafirmar nuestra presencia en la Tierra con las miles de pantallas en blanco que fugazmente se iluminan para contar y vivir una vida. Y yo también estoy aquí, claro. Y yo también recibo en la pantalla. Y algo me indica que estampe. ¿Qué es lo que vi?

Un niño de poco más de un año flotando boca arriba,
un niño haciendo “el muerto”,
un niño muerto,
vacío de castañas y almendras de conciencia,
tan solo un rápido parpadeo sobre la pantalla en blanco.
¿Dónde?
En la fotografía, en el vídeo,
en los confines del Mar Mediterráneo
donde ahogado murió el niño.
Ayer. Otro más.

A su lado y boca abajo,
expandida sobre la tabla salvadora,
el cuerpo, grueso, de una mujer callada para siempre.
¿Será la madre, la tía, la prima o la hermana?
El rostro bañado en agua y aceite y gasolina.
¿Cuánto tiempo dormida?
¿Cuánto tiempo la pantalla sin vida?
¿Por qué no habrá soportado?
¿Por qué no ha aguantado hasta el rescate de los primos de los Brazos Abiertos?
¿Por qué ella, no, … y la amiga, hermana o compañera, sí?
Es Josefa del Camerún.
El rostro tieso,
los ojos: dos faros de alerta y miedo,
el cuerpo un potaje de hipotermia,
la castaña bateada en inconsciencia.
¿Cómo es posible?, se preguntará.
¿Son ellos los Ángeles del Infierno o de la Tierra?
¿Es esto el Cielo?

En volandas hasta el barco todos. Los tres cuerpos.
Dos a las bolsas: una grande y otra pequeña, muy pequeña, demasiado pequeña.
Ella, a la trastienda del descanso,
al taller de reparación de la dignidad y la conciencia.
Es Josefa del Camerún:
una mirada, una esperanza,
la ilustración de un recorrido que vemos
y no estamos viendo.
¿Será esto la verdad?
¿Será esto el mal sueño?

Flotando entre aceites y gasolina,
boca arriba y desnudo,
el niño negro perdido,
el niño negro mecido
el niño negro sobre la cuna del mar.
¿Cuánto su tiempo pasado?
¿Cuánto su tiempo vivido?
¡Cuánta pesadilla!

No me atrevo a reclamar nada, pues nada hago por cambiar…, tan solo constato lo que periódico llega a mis ojos : historias y más historias que dejarán paso a otras historias, denuncias de lo digno e indigno de ciertas vidas particulares, reproducción insistente de comportamientos redundantes, perífrasis verbales del acontecer diario, demandas a los que ostentamos, … en definitiva, una noticia más del proceso darwinista de selección natural. A su lado, el futbolista millonario y amarillo con los brazos en jarras vuelca al suelo la tristeza por la pérdida de una imposible victoria. ¿Y el resto?

JB.  Julio 2018

DOLBY ETÉRICO

DOLBY ETÉRICO

                                                                                          “Somos un horror de salas interiores en cavernas sin fin.”

                                                                                                                                      De “Hijos de la Ira” de Dámaso Alonso

1.

Escribir sobre los días pasados; quiero escribir sobre los días ya clausurados; y no, no voy a seguir por la línea lírica: no es el momento.

¿Qué es un día cerrado? Algo muerto y con gotas de resurrección, un recuerdo único de la mente, un suspiro de la memoria a través de la fuerza de la inteligencia, son los ejercicios aeróbicos o anaeróbicos del cerebro. Respira, expira. Rápido, lento. ¿Existo? Sí, y recuerdo. Porque soy por partida doble: en el ahora y en el fui. ¿Y el futuro? El futuro es ensoñación; ahí, ni soy ni he sido, pero tampoco seré. El seré, no es ser, es humo; más humo de lo que ya es el pasado. En el pasado fuiste, estuviste: una vez, un tiempo, un lugar, un instante: todos aquellos instantes que logras recuperar e instalar en tu presente al hacerlos reales cada vez que te acomodas en ellos bajo la mirada unívoca y cierta de tu peculiar verdad. ¿Qué puede ser más obvio y manifiesto que aquello que pasa por el infinito reciente de tus pensamientos? ¿Es eso la verdad? Por supuesto: es lo que es, es lo que pasa , es lo que se instala en tu instante presente y se refleja en tu recuerdo.

Deseo escribir sobre los días pasados, sobre los días clausurados. Deseo no olvidar. Tengo la escritura para cerciorarme de que mi estado es puro presente, tengo la escritura para apuntalar y recrear la circunstancia que impone mi cabeza, mi vista y mi entendimiento. ¿Para qué escribo? Para ser y para estar, para madurar, para escalar por la pared de los días, por esas fechas pasadas y por este momento actual que me arrastran a comprender y a disfrutar esta situación (bastante nueva para mí), este trance por el que paso a la hora de escribir. Y me gusta, sí. Corren por mi sangre y mi piel las ganas de transcribir y entender lo que es cada segundo inicial y final (porque cada segundo es vida y muerte a la vez) en el que elaboro la existencia que pasa ante mis ojos; una vida cualquiera más, de entre las siete mil cuatrocientas cincuenta millones de vidas según los últimas estadísticas, medias y redondas, de Census.gov (2018). Ese es el sino y el destino de lo escrito. La vida es muerte. Lo escrito perdura: al menos más que una vida.

Tengo que caminar, he de moverme y actuar, pero también he de parar porque quiero retomar aquel momento ya pasado y escribirlo. Es lo que deseo ¿no? Primero tengo que volver a pensar para qué me puse aquí, delante de este ordenador, una vez más. Quería escribir sobre los días pasados, sobre los días clausurados de la razón o la no razón, de algunos detalles de la semana pasada. Pero en realidad, ahora, no quiero trasladarme allí, al otro lado de mi conciencia temporal pasada, y narrar y recordar una extraña situación vivida; aunque tampoco quiero no hacerlo, tampoco quiero frenarme aquí. No. ¿Qué quiero? Quiero escribir, deseo rellenar ests páginas del Quadern Negre. Podría continuar escribiendo este laberinto de incongruencias y coherencias, podría dejar la mente sola, podría tratar de descifrar las correcciones e incorrecciones de la existencia que se me imponen desde arriba, desde la azotea de mi cuerpo a través de los ojos, pero sobre todo, a través de la almendra volátil, no medible ni pesable, que es la conciencia.

Y sigo sin introducir las circunstancias que quería revelar: aquellos días pasados del mes de junio que de algún modo me sobrecogieron, aquellos días ya clausurados que tanto abogan, o abogaban, por salir a flote en este escrito del día de hoy y que tanto necesito, o necesitaba, descubrir.

Estos días azules. Este sol de la infancia… ¿dentro del bolsillo de un gabán? ¿Aquello fue o es? Aquello fue para el autor, aquello es para el autor; y aquello sigue siendo a día de hoy un instante lírico y estático, un cincelado de palabras pasadas y presentes, únicas y palpitantes. Terminales.

¿Elegir entre presente o pasado para escribir? Sí, lo haré, ¡seguro! Un día de estos me pongo con aquellos días del mes de junio ya pasados, ya clausurados (¡quizás ahora mismo!): porque así me lo exigen y así me lo exijo.

2.

¿Cómo hago para escribir? ¿De dónde saco el material que me lleva a colocarme ante el portátil para rellenar este archivo de texto odt con palabras? No escribo novelas, no escribo ensayos ni dramas ni cuentos, no escribo poesía ni apuntes, ni nada en lo que haya pensado a conciencia previamente. Tan solo me dejo transcurrir y manifiesto:

Hoy me he despertado temprano por la mañana como muchos otros días de verano, ¡Me gustan las mañanas de junio y julio! A las seis y media amanece, a las ocho ya puedo estar escribiendo en casa, sin más compañía que el salón y sus libros, y su mesa, y su cocina y sus sillas, y su televisor, y su…, además de la luz de un tibio sol escondido entre nubes de nieve del levante, además de las paredes amarillas y las cuatro macetas de plantas de hojas verdes a un metro escaso de mi cara, además del regusto agrio a café (y tostada de mantequilla con mermelada de naranja amarga) que saliva por mi boca para suavizar la sequedad de la lengua, además de la estrecha vista del horizonte del Aljarafe entre feos edificios de dos y tres plantas a través de la gran ventana enrejada, además de los vuelos de júbilo permanente y cansino de pajaritos y pajarracos, más algún coche que, muy de vez en cuando, baja o sube por el puente hacia la autovía de salida de Sevilla (porque hoy es sábado, claro). En casa, duermen mientras tanto. No saben que estoy haciendo una ligera y simple descripción del día de hoy (un día cualquiera, un día más), que estoy (como muchos otros días) escribiendo cosas (¿qué cosas?) en el ordenador con la fuente de letra Georgia (más de cinco años conviviendo con ella: me gusta), tamaño 12 y la página ampliada al 150%; que todo esto lo hago con la intención de fijar la conciencia de este momento y traspasarla a la conciencia de cualquier persona que lea esta acumulación de palabras efímeras porque el que se introduzca en este dibujo plano de lo que para mí fue la mañana del treinta de junio de dos mil dieciocho, a las ocho y veintiseis minutos, en esta ciudad de Sevilla, aquí, justo en los confines del barrio de Triana, casi a medio camino entre los dos cauces del río Guadalquivir (el estanco que cruza el centro de la ciudad y el que fluye hacia el mar que es el morir) y emborrachado por los píos de las aves histéricas (cuando los escucho, claro; otras veces no percibo más que el rumbo de mis pensamientos), podrá decir que hubo una vez que vivió durante un ligero instante la sensación de una simple mañana veraniega, fresca y extrañamente nublada de una ciudad del sur de Europa en la que percibió la aburrida paz exterior e interior de un día recién levantado y la circunstancia trivial del estado de ánimo del que lo escribía y al que le asaltaba la idea de que hay un tiempo y un lugar donde te ves reflejado y apuntalado en el simple y cotidiano existir (este de ahora), de que hay miles de tiempos y miles de lugares donde todo es una sencilla transformación y paso de los segundos (a veces lentos, a veces ágiles) que son los que conforman la existencia ordinaria de la inmensa mayoría de las personas y seres vivos que transitamos por este mundo a la hora de asomarnos a un nuevo día… Claro que, también existen otros tiempos y otros lugares donde todo es urgencia, violencia e inconsciencia, y muerte, y desaparición, y… ¿La única verdad es la que está conmigo ahora? La única verdad es que trato de narrar en este instante, y lo único que tengo para hacerlo efectivo es mi deseo de expulsar lo que se presenta en mi cabeza; de ahí mi tendencia en los últimos días, a preguntarme con frecuencia qué es lo que me lleva a rellenar este archivo odt que va conformando las páginas del Quadern Negre. ¿Por qué escribo? ¿Para qué o para quién escribo? ¿Cómo surge la escritura?

Mientras tanto, no avanzo en la revelación de algunas historias ocurridas que esperan en mi cabeza para salir a flote. ¿Historias mágicas o fantásticas? Historias simples y ordinarias, quizás, vacías, quizás, únicas, como esto que acabo de escribir. Tampoco pasa nada si no las cuento, pues nada importa y todo ocurre y transcurre sin más. ¿Es acaso más importante la desaparición de una persona cercana que la del mosquito nocturno que pude aplastar anoche de un manotazo tras soportar su picaduras? Por supuesto que sí. En la escala humana es un duro tachón. En la escala mosquito es otro duro tachón. En la escala celular son dos simples y redundantes billones de tachones que van por ahí sin prestar atención. En la escala universal no es nada, en los agujeros negros, menos. Es, ha sido y fue. Y habrá más. Y ese más: ¿qué más da?, ¿qué más dará?, ¿qué más dio?

¿Interesarán estas palabras?…

JB. Mayo 2018

SIN MÁS

A Luis, Zuriñe y Luken

Plano general corto de la cocina de un piso. Enero de 2018. Luz de primera hora de la mañana. El plano es fijo. Un niño de apenas 2 o 3 años pregunta a su madre qué cosas de comer van en la bolsa-mochila y se enfada. ¿Día de ir al colegio o a la guardería? La madre se mueve lenta de izquierda a derecha, habla con el niño, le habla en euskera. El niño protesta por el contenido de la bolsa. La madre parece cansada de las quejas del niño, de dar tantas, o las mismas, explicaciones matutinas. La fotografía es natural y equilibrada, el momento relajado, no destaca por nada; o más bien, destaca, sin destacar, por ser la rutina de un día cualquiera. Es el instante, es pura y sencilla vida, segundos vividos y retrato cotidiano. Sin más, como diría mi amigo Luis.

Pasamos a primer plano fijo del niño. El foco, que a veces viene y va, está justo en el rostro, en los ojos y en la boca; de nuevo una luz agradable. El padre, en off, pregunta al niño, le saluda, le anima a guiñar un ojo: guiña los dos a la vez. El niño come de una cuchara, la madre en off sigue dirigiéndose a él en euskera, le anima a comer. El niño sonríe y protesta, se deja querer, se sabe protagonista de la situación. Está tranquilo y confiado. Su corazón rebosa paz y placer, y no lo sabe; solo conoce eso, o al menos, lo reconoce como lo mejor, lo que marca su día a día, su camino. Ni siquiera los padres captan esa felicidad cotidiana aunque la intuyan (en este caso, el padre sí es consciente y por eso, se encarga de grabar). Una suave y melancólica canción pop acompaña el relato del instante. Dos minutos y cincuenta segundos de la vida de un niño (y sus padres) contada en dos sencillos planos, una bonita y sutil pincelada de normalidad, un retrato más del hijo, un vídeo con firma final: aitá 2018. Regalo de padre a hijo, recuerdo de una mañana cualquiera, puesta en escena de un presente que ya es pasado, un cariñoso pellizco de memoria, un tierno acto de amor paternal, un momento más de Luken, hijo de Luis. Así, sin más. Ese “sin más” que capta Luis y que puede hacer sonreír a cualquiera como al menos hice yo; y no solo por conocer al que lo ha filmado y a la madre del niño (aún no he conocido a Luken en persona) sino por la sobria captura de un instante vital con el que cualquiera puede empatizar. Es un bonito vídeo: es un rayo de luz agradable, es el sol de la mañana de un día de invierno, es la brisa del atardecer de un día de primavera, es… (uff, no, no, no; no sigas con estos símiles soleados, cursis y pretenciosos, ¡poeta de pacotilla!). Es tan solo un vídeo bonito y encantador. Apto solo para conocidos. Sin más.

Aunque creo que algo más sí que hay, algo en lo que pienso con frecuencia en los últimos años: el continuo retrato y grabación de vida. Los niños del siglo XXI en las sociedades ricas son los primeros en ser fotografiados o grabados con una frecuencia anormal, casi diaria. Sus vidas se convertirán en un tremendo archivo de gigas y más gigas. ¿Lo guardarán los padres? ¿Legarán al hijo su infancia? Una infancia, por otro lado, más de los padres que del hijo, pues son ellos los principales testigos de su vida. Éste, ¿lo recuperará cuando sea mayor? ¿Seguirá almacenando su vida de adulto? ¿Visionará alguna vez ese inmenso archivo? No, no tendrá tiempo. Si se mete en un bucle de ver una y otra vez las miles de horas de su vida ya vivida, no tendrá presente ni futuro; si las visiona con regularidad es que estará en un continuo estado de melancolía y desesperanza, andará en busca de algo: ¿La verdad? ¿El tiempo perdido? ¿Cualquier tiempo pasado fue mejor? Eso es el final.

Todo ese material terminará almacenado en las “nubes” informáticas (de hecho, ya se hace). Habrá editores robots que, como los montajes que ofrece en la actualidad Google con las fotos del móvil del último año, compondrán “películas” con los mejores momentos, en largos o cortos resúmenes a gusto del consumidor. No será por tanto necesario que haga el esfuerzo de rememorar con la imaginación, no tendrá que pasar a toda velocidad su vida en los instantes anteriores a tener claro que va a morir; un editor robot habrá seleccionado y creado pequeñas o largas películas que harán innecesario el esfuerzo por rebuscar en el pasado. Su vida será un compendio de esas imágenes que se irán depositando en “la nube” y en su mente; con ellas podrá llorar, reír, aburrirse, sacar conclusiones positivas o negativas de su paso por este mundo (con un bello fondo musical elegido por él o por la máquina y los algoritmos), hacer un speech o alegato final. Las imágenes se convertirán en su único recuerdo y quedarán almacenadas para siempre en esas “nubes”, auténticos cementerios audiovisuales e informáticos. Ese memoria de vida podrá ser legada y visionada por familiares futuros (si ese es su deseo o testamento). De ese modo, transferirá highlights o hitos donde los descendientes podrán recordarlo y homenajearlo además de reconocerse en él (tal y como hacen los reyes con los retratos de sus antepasados). Además de la lápida, con fecha de nacimiento y muerte y un posible epitafio y foto, habrá la posibilidad de visionar la película de vida del finado que se repetirá en un bucle infinito. Y en principio, claro, solo legará lo bueno, su mejor perfil, una pequeña parte de su verdad, pues tan solo eso es lo que habrá almacenado y prácticamente grabado. “La nube” será por tanto, un reducto de memoria reduccionista, un compendio de mentiras pues falta la cara B, o al menos, de medias verdades.

También cabe la posibilidad de negocio. El protagonista podría subastar su vida en la “nube”, vender sus “películas” a empresas que a su vez la ofrecerían a personas del futuro que quieran vivir o experimentar, como un acompañante voyeur, la existencia pasada de una persona cualquiera (esto quizás pueda ser posible más adelante: ¿año 2080, 2090, siglo XXII?), rodeado con atrezzo para la ocasión: objetos, casas y medios de comunicación (televisiones, móviles, prensa escrita, etc) de la época para hacerlo más verosímil. “¿Aburrido de su trabajo, de su día a día cotidiano? Programe unas vacaciones al año 2020, deléitese con la plenitud de vida de otro ciudadano o ciudadana, miles de horas de grabación y fotos en variadas, hermosas películas privadas y personales. Viaje al bienestar y a los aparatos antiguos: televisores 4K, móviles con reconocimiento facial, películas 2D y 3D, animales domésticos,… ¡Otro mundo, un feliz pasado!”

Además, con esta oferta sería posible asistir a suicidas del siglo XXII; vivir o visionar la vida de otros como método terapéutico: siempre felices, siempre arriba, always high. O a personas que quieran investigar sobre el pasado contagiándose e incluso saturándose con aquellos momentos pasados y “falsos” (perfecta herramienta para historiadores y creadores). O… Muchas posibilidades, muchas.

¿Y qué será de nosotros los nacidos en el siglo XX? Brevedad de la infancia por el poco material audiovisual existente; madurez y vejez importante dependiendo de lo que se haya expuesto cada uno. En cualquier caso, vidas cojas, conciencias sucedidas y ya apagadas, recuerdos físicos transformados en cenizas o corrompidos por el tiempo y los gusanos. En definitiva, vidas únicas e intransferibles, privadas, como ha habido siempre.

¿Es necesario durar tanto, es necesaria tanta exposición, es necesario archivarlo todo? ¿Será posible conseguir dinero por vender nuestra vida a empresas que finalmente, y como casi todo, serán dirigidas por máquinas, robots, cálculos y algoritmos mientras los humanos “disfrutamos” de otras cosas, de un no se qué? ¿Es eso bienestar y progreso? Lo es. ¿Es bueno, malo, regular? No sé. Solo sé que es y que podrá ser; o no. Sin más.

JB

ME GUSTA

Me gusta la filosofía; tanto como antes no me gustaba (cuando iba al instituto). La racionalidad, la lógica o la incoherencia del pensamiento filosófico me recordaban a las matemáticas, con las que estaba negado: una sucesión de conceptos abstractos que como un bosque frondoso y oscuro debía recorrer en penoso caminar para llegar a revelaciones de sabiduría, a éxtasis de verdades como puños, a irrefutabilidades varias para… (¡qué pesadilla de caminos!, ¡qué intrincadas rutas de zarzas cerebrales!, ¡cuántas neuronas remolonas había que poner a trabajar!) ¡Con lo bien que se vive en la inopia y el juego! Ahora tiendo a exprimir neuronas que, aún siendo gandules y a veces auténticos enemigos del equilibrio mental, me seducen por los sorprendentes caminos que me ayudan a disfrutar y recorrer, por sus infinitas posibilidades.

                 Tengo que estudiar filosofía con Silvio y me gusta; trato de ayudarle a entender, a comprender. Las teorías filosóficas que tiene que memorizar me atraen y abofetean por igual, me llevan a pensar y pensar, a hablar y hablar para convertirlas en algo razonable para su cabeza (y la mía). En este caso, me llama la atención la Teoría de la Inducción (sobre todo sus debilidades) o como lo particular revela lo general o como mil cisnes blancos hacen pensar que todos serán blancos (hasta descubrir al negro) o como el sol si aparece todas las mañanas por el este al día siguiente hará lo mismo (hasta descubrir que el sol es una estrella con fecha de caducidad y sobre todo, un sujeto vivo y evolutivo: “Todo tiene su fin” cantaban con acierto Los Módulos).

             La Teoría de la Inducción funciona como una vía para llegar a una supuesta verdad, la que puede proporcionar la experiencia y la costumbre, el paso de lo años y la contemplación. Es válida para demostrar hechos pasados pero no para sostener realidades futuras, de ahí su flaqueza. Enfrente siempre tendremos el pensamiento escéptico según el cual, cualquier ley o hecho irrefutable, cualquier certeza admitida por todos, lógica y verdadera al cien por cien, es susceptible de ser discutida y negada. Este razonamiento, como todo, como el propio escepticismo, quizás no sea una Verdad Absoluta pero si un procedimiento que tenemos para actuar y pensar, para rebatir, entre otras, la Ley del pensamiento inductivo. Por ejemplo, y siguiendo con lo escéptico: ¿Uno más uno es igual a dos? Sí, claro, por supuesto, siempre ha sido así, y lo seguirá siendo. Ciertos conceptos abstractos y ciertas ideas que plantea la conciencia o la mirada o la experiencia no son seres vivos que envejezcan y se desarrollen, son así porque es la lógica de la percepción y es la base que permite el desarrollo. Sin embargo, son porque han nacido, son porque se han deducido y son porque viven entre nosotros desde el principio de los tiempos. Antes no eran porque antes no existían o porque la vida y el ser humano no existían o ni siquiera se había planteado física ni intelectualmente. Por tanto, antes no podíamos concebir pensamientos abstractos como ahora seguimos sin poder asumir, por ejemplo, la idea de Infinito o Nada.

              Explico a Silvio mi paradigma para hacerle ver la poca fiabilidad de la Teoría de la Inducción: El Infinito es una idea de futuro, algo que está por venir, un continuo de más y más, un sin parar total (la mirada más allá sin fin). Pero, ¿qué pasaría si experimentamos el Infinito como una idea de pasado, como un más de más de más hacia atrás? Es igual de inasumible que el futuro; hacia atrás no hay más, hay menos, no podemos restar cuando estamos sumando. ¿Y si el Infinito pasado fuera un menos de menos? No, tampoco es posible, si hay menos de menos es para llegar a ¿qué?, ¿a la Nada? El Infinito no llega y además, somos incapaces de entender la Nada (al menos yo), no podemos concebir que venimos de una especie de Vacío, de una gran explosión que fue, de un enorme big bang que como un interruptor de luz dio comienzo a la gran fiesta en la que vivimos. Y antes de eso, ¿qué hubo? Al igual que el Infinito es un concepto que no nos cabe por su inmenso grosor, la Nada no nos cabe por su su inconcebible vacío. ¿Qué podemos deducir o en este caso inducir? Nada objetivo, nada racional. Nada es deducible, ni nada es inducible (del todo).

            Me pierdo con estos pensamientos que me llegan y que deseo trasladar a Silvio para explicar la complicada Teoría; trato de entender y no comprendo, trato de ser sencillo y no hago más que ver miles de ramificaciones a cual más disparatada y divertida. ¿No es todo esto un juego de palabras? No paro de viajar por la pura reflexión metafísica de juegos filosóficos inútiles o distorsionados planteando preguntas sin respuestas. Sin embargo, acabo deduciendo un concepto claro: uno más uno es igual a dos, pero solo hasta que lo sea. Porque un día no será; cuando apaguemos nuestra conciencia, cuando finalice nuestra gran fiesta, ahí (está claro), ahí: nada es nada; ahí: uno más uno no es dos, ni siquiera uno y dos son algo. Nosotros no seremos como tampoco fuimos. ¿Dónde fuimos? ¿Dónde seremos? Si no logramos concebir la Nada, ¿cómo sabemos (o intuimos) que la conciencia se disuelve en la Nada? ¿No podríamos ser Infinitos? (Esto es una buena pregunta para volar tan lejos como el Infinito). La Nada y el Infinito son nuestros topes y a su vez no son.

                  Creo que no aclaro gran cosa a Silvio.

                   JB 17