EL TARRO DE CRISTAL

El tarro de cristal que uso para almacenar el café contiene la mitad de café, el resto es aire del quince de octubre de dos mil diecisiete. Cierro el tarro de cristal. Lo miro y remiro. Lo coloco en el estante inferior de la contrapuerta del frigorífico. No sé qué trato de encontrar en él pero de pronto siento pena. Pena por la soledad, por la oscuridad, por el abandono, por el cierre. Y algo de alegría cuando pienso en el futuro reencuentro con mi tarro de café dentro de seis meses, cuando el imperio de la luz y el calor retomen el mando del mundo; cuando el hemisferio norte mire de tú a tú a la clarividencia del sol y pueda, contento de estar vivo, contento de ser, dirigirme de nuevo a mi tarro:

        “¡Oh, aquí estás otra vez, tarro de cristal! ¡No has cambiado nada!” Y preguntaré: “¿Cómo te fue este ligero invierno a resguardo entre los muros de la casa de madera? ¿Qué sentiste en los incómodos días de torva oscuridad? ¿Acaso alguna engreída y vieja araña o una hambrienta hormiga trataron de escalar tus imposibles pendientes resbaladizas de noventa grados?”

         “Oh, mi amo y señor,” me responderás, “todo está en orden en la casa, todo estuvo en orden en estos aburridos días de invierno. Tan solo la luz de los rayos del sol, apareciendo tras las rendijas de las contraventanas, rebotando en el acero de los muebles de la cocina, acariciaba de refilón mi envidriado cuerpo; tan solo unas laboriosas hormigas reconocieron mi deseable interior pero, aburridas, continuaron su camino en busca de algo de comida: ¡tarea imposible!, pues nada orgánico dejaste a la voluntad de la corrupción del tiempo, ¡cuánta sabiduría y qué poco despiste, señor!; tan solo un simpático grillo, que entró por el pequeño agujero de la puerta al exterior huyendo de la tormenta y de la fanática lluvia para, incapaz de encontrar el camino de retorno, morir de hambre con un lastimero cric-cric tras la espalda de la nevera: allí encontrarás su cuerpo; tan solo una despistada araña tejió su saco de huevos justo a mi lado, en la esquina de esta estantería de compuerta donde me hallo: ¡¿será inútil?! ¿no podría haber encontrado mejor refugio para sus miles de hijos?; tan solo el piar de los inquietos pájaros que machacones me avisaban del comienzo del día y me hacían bostezar de envidia y rabia; tan solo los feroces vientos de levante aullando entre las finas hendiduras de las láminas de madera, golpeando, en una ocasión, la pared (¡qué susto!), con una enorme rama voladora y rota de un ciprés; tan solo el paso lento de días y días secando los granos molidos del café almacenado, marchitando su aroma y sabor por el peso del cada vez más rancio aire del quince de octubre de dos mil diecisiete (aunque, levemente, eh, ¡no te preocupes!: todavía portan el potente olor cafetero a pesar del lejano regusto a achicoria que manejan en la actualidad.)”

         “¿Achicoria?”, exclamaré. “!Qué asco!”

        “Sí, mi señor,” dirás. “Es un asco este inerte navegar por las estaciones del frío mientras tú vives la vida burguesa en tu otra guarida, en tu otra ciudad; y yo te sirvo de guardián en esta tu segunda casa; inamovible e inconmovible en mi estante inferior pero presente en la existencia como el que más, traspasando los espacios del tiempo sin penas ni ahogos, sin risas ni alegrías, como un simple y estúpido tarro de cristal con café que es lo que en definitiva soy. Todo tuyo. ¡Oh sí, mi señor!,” exclamarás en el regusto, “tómame de nuevo porque me han hecho para ti, usa mis poderes conservadores, destapa el cierre metálico, aspira el oxígeno de octubre (único y fugaz, ¡qué recuerdos!), siente el aroma tostado y muy amargo del café, y retorna a aquel día que pensaste en mí cuando convivías con la realidad de tu presente, cuando te entró esa extraña añoranza por el futuro: tonta, fútil y pasajera. Pero detengámonos, oh mi señor, hablemos ahora de ti: ¿Cómo fue tu invierno rodador?”

      “¿Yo? Tengo tanto que contar,” te diré mientras miro en pose hamletiana tu ya añejo contenido, “tanto vivido, tanto sufrido, tanto amado en estos seis meses. El tiempo es un plis, un ras, un fluash, una exhalación; y también una historia de enorme acumulación, historia de miles de historias, relatos de increíble emoción o de estupideces supinas que un día escribiré (si no los he escrito ya); una inmensa y pesada losa de nada, y sin embargo, un ínfimo todo para mi conciencia que ha de salir por algún lado… pero antes,… voy a preparar un café.”

       Meto la llave. Echo una última mirada a la casa. Todo está en orden. La puerta del frigorífico queda abierta. En el estante inferior, el tarro de café, mi tarro de cristal con café. Cierro.

                                                                                                                                                          JB 17

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